¿Es una alternativa viable la dolarización en Venezuela? (Análisis)

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Zuma Seguros

La dolarización ha sonado como una posible estrategia a implementar ante la critica situación del país, en especial si se toma en cuenta la debilidad estructural del Bolivar como moneda. En el presente escrito intentamos dar luces acerca de los aspectos ventajosos y no tan ventajosos de tomar esta decisión, incluyendo antecedentes de medidas de este tipo en otros países de la región.

Durante los últimos años, ha sido visible para el ciudadano común el deterioro del Bolívar como moneda oficial, debido a políticas económicas que han conducido a una alta inflación de aproximadamente 2700% durante el año 2017 y la imposibilidad de obtener dinero en efectivo, dada su poca disponibilidad. Esto ha motivado a algunos analistas y expertos en dicha materia a plantear, entre varias políticas, la dolarización.

Esta opción, de llevarse a cabo, requeriría de un consenso entre diversos sectores de la vida nacional, para adecuarla a las características particulares de un país cuyos principales ingresos en dólares provienen de una industria petrolera que ha visto mermada su capacidad durante años.

Veamos una breve reseña histórica relacionada con procesos de dolarización, tomando como ejemplo  a naciones ubicadas en la órbita de Latinoamérica. Lo empezó a hacer gradualmente El Salvador  desde el año 1994 hasta Enero del año 2001, cuando el Ex-Presidente Francisco Flores impulsó la progresiva sustitución de la moneda nacional, llamada Colón, por el dólar, dentro de un clima de consenso entre diversos sectores para llevar a buen término la planificación y puesta en marcha de aquel proceso.

Entre algunas de las razones previstas por funcionarios de ese gobierno destacaban el reducir la inflación a cifras de un dígito, estabilizar las tasas de interés, mejorar el sistema de créditos a largo plazo para inversión, mejorar la disciplina fiscal y monetaria e impedir la impresión de moneda de forma irresponsable. Cabe acotar que esta sustitución progresiva de la moneda no se dio como tal por un decreto que impidiera transacciones usando el Colón, al contrario, se permitió la libre circulación de ambas monedas, lo cual por fuerzas de las circunstancias llevo al Colón a desaparecer, porque los salvadoreños ya no le encontraron un uso al mismo y prefirieron la confiabilidad y estabilidad del dólar. Entre algunos de los aspectos positivos derivados de la implementación de esa medida destacan mejoras en la disponibilidad de ahorros y recursos de las empresas nacionales, lo cual indujo al aumento natural del salario mínimo desde 132$ en el año 1995 hasta 300$ en el año  2017. Mención especial el hecho de que durante el año 2017, El Salvador experimentó una tasa de inflación del 2%, de las más bajas en Centroamérica.

En el caso de Ecuador, sumido en una profunda crisis a finales de los años 90, que incluyó el deterioro de la calidad de vida de sus ciudadanos y su consecuente emigración, inestabilidad política, quiebras bancarias y el ubicarse a las puertas de un proceso de elevada inflación, condujo a que el gobierno del entonces Presidente Jamil Mahuad a principios del año 2000 tomara la decisión de dolarizar. Algunos de los efectos positivos que trajo la medida con el devenir de los años fueron mejoras en la capacidad  de endeudamiento y financiación para compras de bienes, tales como autos y viviendas, que son la columna vertebral del estándar de vida de la clase media; adicionalmente, se incrementó el volumen de las exportaciones de este país con perfil petrolero.

Venezuela no dista de una situación similar a la que tenían estos países en su momento. Si hablamos de ventajas respecto al uso oficial del dolar, se hace necesario recordar que con la declinación del sector productivo, especialmente la agricultura, agroindustria y manufactura, el país vive una dolarización de facto, ya que una cantidad considerable de estos rubros son importados y ante la escasez de divisas se importan con la tasa de cambio del mercado paralelo.

De llevarse a cabo una medida así, obligaría al gobierno venezolano, independientemente de su concepción ideológica o social, a una disciplina en la parte fiscal y monetaria. Se tendrían que equilibrar los balances de la nación, evitando gastos exorbitantes, que actualmente se financian contrayendo más deuda o imprimiendo dinero. Al verse impedido el gobierno de estas medidas, se cortaría de raíz una de las principales causas de la inflación en el país.

Esto representaría la eliminación del clima de incertidumbre respecto al constante aumento de precios en la canasta básica del venezolano, permitiéndose una estabilización gradual de los mismos, pudiendo el ciudadano dedicar sus energías, esfuerzos y creatividad a la generación de valor dentro de la sociedad, estimulando la inversión, el empleo y el aumento progresivo de los salarios; se mejora la capacidad adquisitiva y la calidad de vida de la población, la cual puede dedicar parte de sus remuneraciones al ahorro y previsiones de cara al futuro.

Sería atractivo para muchas personas con capitales denominados en dolares en el extranjero, repatriarlos, situación muy positiva porque se frena y revierte la fuga de capitales, necesarios para reactivar la economía mediante el ahorro y la inversión.

Además, se iría eliminando gradualmente el uso de grandes volúmenes de papel moneda para transacciones comunes, evitando los inconvenientes y problemas que le genera a la población al momento de sacar efectivo en cajeros automáticos, realizar pagos a transportistas y pequeños comerciantes, entre otros. Se podría reducir los costos asociados a la logística, por parte de entidades financieras y el banco central, respecto a la impresión y traslado de esas cantidades de dinero.

Pero el camino a recorrer en una transición hacia el dólar también está plagado de inconvenientes. Si en el mediano o largo plazo la nación se plantea fortalecer las exportaciones, en particular las no petroleras, una de las estrategias a implementar es la devaluación de la moneda, para que los productos exportados se abaraten en el mercado internacional, se vendan rápidamente y en volúmenes mayores; dolarizar implica que el gobierno no puede aplicar la mencionada estrategia. Es decir, el país perdería su soberanía monetaria y estaríamos a merced, cabe destacar, de las decisiones unilaterales de un ente externo, en este caso la Reserva Federal estadounidense.

La dolarización a simple vista parece inviable, dada la caótica situación socio-economica, la cual parece afianzada mas por razones ideológicas que por cuestiones practicas. Suena complicado que un gobierno cuya retórica sea la del anti imperialismo acceda a dolarizar formalmente el país. Y se le suma que las reservas internacionales son deficientes para abordar una política de este tipo, las cuales a principio del mes de Febrero del 2018 rondaban los 9.149 millones de dolares, según datos de la firma Rendivalores.

Se debe reconocer que existen riesgos al atarse a la moneda de un país extranjero, ya que los Estados Unidos de Norteamérica también han incurrido en una masiva emisión de dolares, que puede producir en algún momento la ruptura y desplome de su sistema financiero, generando la perdida de confianza de millones de ahorristas e inversionistas; ante la pérdida de valor del dólar, estos actores correrían a refugiarse en otras monedas o metales tales como el oro y la plata, cuyo valor tiende a ser estable y representan una inversión menos riesgosa en el tiempo. El desplome del dólar daría paso a un episodio de alta inflación, que se vería agudizado dado que los Estados Unidos tienen una balanza comercial deficitaria de mas de 730 billones de dolares y una deuda pública de 14 billones de dolares, que luce a simple vista impagable. De hecho, países como China y Rusia han ido negociando acuerdos para comercializar productos y servicios mediante pagos que excluyan al dólar como moneda de referencia, debido a las consideraciones mencionadas anteriormente.

Fórmulas mágicas para solventar la debilidad del Bolívar como moneda oficial no existen. Si el dólar es acaso una posible solución para atacar con firmeza las distorsiones producidas durante años, es un debate que debiera darse con cautela, donde impere la razón, la lógica y la concertación de ideas y propuestas entre gobierno, ciudadanos, asociaciones de comerciantes, empresarios, entidades financieras y expertos.

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