Carta a mi querido Raúl, y “la fiesta del chivo” con el dólar paralelo

By:
Posted: Jueves 11 Enero, 2018
Category: Especiales
Tags: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,
Comments: 0

Por Leocenis García.

Querido Raúl Gorrín, te escribo ahora que el dólar llegó a casi los 200 mil bolívares. Aunque cualquier economista sabe que el control de cambio y la corrupción de funcionarios es una de sus causas, también es cierto que, tú eres uno de los favorecidos de ese saqueo que mata a los pobres en el barrio, mientras engorda tu humanidad siempre confusa (para no entrar en detalles)

Hace algún tiempo, eras aquél hombre discreto, humilde y cabizbajo que iba, de un lado a otro en transporte público. Te ganabas la vida, haciendo enormes esfuerzos, para salir de esa pobreza que considerabas un castigo inmerecido. Eras un tipo, siempre estresado, luchando contra los molinos de vientos, en búsqueda del dinero que te pudiera disfrazar de gente, de algo, de ideas incluso.

Nadie puede criticarte eso. Cómo podría el mundo criticar tus esfuerzos para salir de la propia vergüenza. Hiciste de todo, y tu enorme esfuerzo fue recompensado. Entraste a un bufete. No eran los más brillantes, pero eran alegres ambiciosos (como trabajadores del basurero que al final del día quieren que el agua los libere de la mugre).  Aquella pandilla, pronto tendría su espacio y propio nombre: La Banda de los Enanos.

Ahí estaban tu inseparable Gustavito Perdomo, del cual hiciste una mascota. Estaba Danilo Anderson, Marianito, Daniel. Y tú resaltabas porque podías ser el más pequeñito en ideas, pero el más alto de estatura.  Ahí lograste algunos centavos en momentos que estabas tan limpio como el talón de una lavandera. Pero lo hiciste, seguiste adelante. Se presentó la oportunidad de defender aquél narcotraficante- por ahí anda la sentencia en internet- y viste tu gran oportunidad. Pero, aquél tipo, no quiso pagarte y te acusó de extorsión. Qué bellaco, qué mal agradecido.

Pero aún seguías adelante. Nada te amilanaba.

Cuando un miembro de tu banda de enanos voló por los aires, el escándalo no te llegó directamente. Estuviste nervioso cuando tu cuñado íntimo, Gustavo Perdomo, salió en el expediente del ya difunto Danilo Anderson. Estar involucrado en semejante cosa, no era digno de ti. Decidiste irte. Pero antes había que dejar la religión de pobres que es ser cristiano, y  volverte hebreo. En algún lugar leíste que los judíos eran ricos. Y ahí abandonaste las virgencitas y te lanzaste en mano de Hashem.

En el camino conseguiste un trabajo decente: ser abogado del banco Canarias. Te convertiste en el “ve corre y dile” de tu jefe Álvaro, que concidencialmente tenía tu apellido. Comenzaste hacer tus primeros cambios de dólares en medio del control de cambio.  Aquello iba con tu temperamento y tu vocación de pirata de mares.  Conociste en el ínterin a un teniente al que Hugo Chávez le había volado accidentalmente un ojo. Viste tu oportunidad de pegarle el susto definitivo a la pobreza que durante tantos te llenaba de vergüenza y humillación.

Lo adulaste, y como decía el imaginativo Herrera Luque: Nadie es tan fuerte en Venezuela como para aguantar un jalón de bola.  Y un día, Raúl, te viste en el espejo. Habías comprado tu primer traje Zenna ajustado, (así te gusta la ropa). Y sonreíste. Tomaste un pañuelo rojo como el que se premia con una flor,  y te pusiste aquél adorno en todos tus trajes. El sueño estaba cumplido. Te rodeaste de soplones, de espías, de asesores. Eras una suerte de obrero forrado en billetes.

Pero había que hacer las cosas bien. Había que darle estructura a aquél dinero saqueado de las arcas del Estado. Entonces, compraste Seguros La Vitalicia. Pero no señor, no era suficiente. Y tomaste tu título de abogado, lo pusiste en el inodoro, y a voz en cuello gritaste en tu oficina: ahora soy empresario humanista. ¿Humanista? Se preguntaron todos. Si, humanista, de hu-ma-no, dijiste lentamente.

Cuando saliste a la calle, disfrazado de gente, alguien, -creo que un limpia botas-, te llamó “señor”.  Aquél era un “señor” a la fuerza, a los rea lazos, pero te sentiste digno. Por primera vez.

Luego vino más. Especulaste con las reservas internacionales, sacadas por cuenta de Tesorería, ahí estaba esa enfermera que siempre alagabas Claudia Díaz a cuyo marido hiciste tu primera comisión. No eras un ladrón. No. Eras un tipo luchando, y después de todo robabas al Estado, no robabas a los pobres. O por lo menos así te consolabas.

Entonces decidiste que había que ir más lejos. Te creías tu disfraz y mirándote al espejo, te dijiste: Me parezco a Cisneros, a Slim, quien sabe, en un país como Venezuela que las cucharas vuelan, todo es posible. Compraste Globovisión con el dinero que habías manoteado de las arcas de la nación. Y mientras dabas vuelta en tu silla, como un niño que tiene un juguete con pilas, empezaron a sacarte tu sucio historial criminal. Otra vez unos canallas estaban coludidos contra ti.

Te atormentaba que te recordaran tus trapos sucios, tus modales toscos, el enredo que te significaba tener tres tenedores en la mesa, como un novato al que le ponen el fusil y no puede sino pulirlo, impedido de hacer un tiro digno. Esa maldita pobreza, cuya peste se salía por los poros de tus trajes. Como una cloaca expuesta al sol.

Y de noche, cuando llegabas a casa, te acosaban los chismorreos de esos ingratos del Country Club. Decían que eras un ladrón, no querían juntarse con los tuyos y tus fiestas siempre solas. Ni Lorenzo Mendoza, ni Gustavo Cisneros, ni Marcel Granier. Nadie digno aparecía ahí.

Estabas rodeado de mendigos vestidos con trajes caros, así como una rata rodeada de ratones.  Pero quisiste ir más lejos Raúl. Si no se podía tener a los ricos, entonces tendrías a esos políticos miserables que si querían tener tu dinero.

Invitaste a ese muchacho flaco de la  Asamblea, una suerte de ve, corre y dile, de una forma de hacer política en retiro. Y le endosaste un cheque. Pero no era suficiente. Agarraste a Correa y le pagaste vuelos y bacanales. Pero esos miserables, no cumplieron el encargo y la ley quedó a medio camino.

Te volteaste a la otra acera y también falló. Esos políticos mal agradecidos.

Pronto, como sospechas, cuando lo crean conveniente se volverán contra ti y te molerán a patadas. Te dejarán limpio, como talón de lavandera. Pero aunque seas un ladrón, intentaste disfrazarte de gente decente y eso tiene su mérito, Raúl.

Eres como un Pablo Escobar vertiendo cloro sobre las manchas de unos crímenes que se niegan a ceder.

Hace poco has demostrado, que eres perseverante, y después  de contratar la firma de Lobby Ballard Partners, lograste tu foto con Pence, nada más y nada menos que el vicepresidente de EEUU.

Pero una vez más, Raúl, los envidiosos te atacan. No son capaces de admirar lo bien  que te ves ahí,  al lado de un poderoso, como siempre soñaste. No. Ellos se dedican a murmurar que Pence estaba en una charla en una universidad en Florida a la que tu asististe (con la intención de la foto y que pagastes una rebosa de billete por esa foto, como alguien que en Disney paga para tomarse una foto con Mickey Mouse).

Mientras lees esta carta, mordiéndote la comisura de los labios, sabes, y eso es lo peor, que esta es la verdad, escrita por un editor que te verá conducido al patíbulo, mientras tú, le hiciste el favor de convertirlo en un mártir y un héroe de los descamisados de ese pueblo, del que tú te avergüenzas.

Cuídate. Paz y bien (La paz pronto la tendrás…. El bien no sé)  Leocenis García

Noticias relacionadas

Loading Facebook Comments ...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mostrar
Ocultar